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02:23 min.
28/Mar/2012
Lo Que Nunca Viste

El Thaipusam. El devotismo hindú más extremo.

Cuando la religión vence al dolor.

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Aún hoy miles de personas rinden tributo a sus dioses infligiendo un castigo desmesurado a sus cuerpos. Es el caso del Thaipusam, un festival fundamental dentro del hinduismo cuyas escenas, mezcla de júbilo y mortificación, siguen dando la vuelta al mundo.
El instante en que la estrella Pusam se sitúa en el punto más elevado del firmamento entre enero y febrero, miles de creyentes salen a la calle para honrar al gran dios Murugan (o Subramaniam), Señor de la Guerra e hijo menor de Shiva.
El motivo de la celebración es doble, por un lado, se conmemora el nacimiento del dios; por el otro, su magnífica victoria frente al demonio Soorapadman.
Los poblados se llenan de colorido, alegría y buenos sentimientos, pero también de dolor, agonía y éxtasis religioso.
Decenas de creyentes entran en trance y perforan sus mejillas, bocas y brazos con todo tipo de objetos afilados, mientras desfilan en procesión. Acto seguido, enganchan a sus hombros y espaldas punzantes garfios de los que cuelgan todo tipo de ofrendas, en una suerte de extravagante percha humana. Todo ello se sucede de forma natural, en una comitiva de varios kilómetros marcados por un intenso sentimiento de fervor religioso.
Es uno de los ritos más importantes dentro de la religión hindú, nacida en el corazón del estado federal de Tamil Nadu (India), Thaipusam es más que una fiesta, se trata de una celebración plena de buenos deseos para el futuro. Lo que ha hecho popular a este festival en todo el planeta son las espeluznantes prácticas de autoperforación a las que se someten los asistentes al mismo; espadas, cuchillos, dagas, tijeras y garfios del tamaño de una mano atraviesan los rostros, lenguas y espaldas de cientos de personas con la cabeza afeitada, que desfilan aparentemente ajenos al evidente tormento.
Varias son las razones para la aplicación de estas prácticas: la redención, la penitencia y la solicitud de favores al poderoso Murugan.
El sufrimiento se convierte de esta forma en un camino para la expiación: cuanto más dolor padezca y soporte el peregrino, mayor será el favor recibido por la deidad.
El mayor sacrificio personal es el portador del kavadi, un altar circular móvil de hasta 60kg que es enganchado directamente a sus hombro y espalda mediante ganchos y correas.
Malasia es el punto del planeta donde se festeja con mayor devoción, concretamente en las cuevas Batu de Kuala Lumpur, un santuario excavado en la roca que sirve como meta para la caravana de fieles que caminan entre 15 y 18 km desde el templo de Sri Mahamariamman, en el corazón de la ciudad, en dirección a estas grutas. Un trayecto de más de 8 horas de duración en el que los peregrinos deben ascender 272 escalones hasta llegar a la entrada del templo Sri Subramaniam Swamy, custodiada por una imponente estatua de oro de Murugan.
Fecha
28/Mar/2012
Etiquetas
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